Una de las numerosas
licencias que la jerga cinematográfica se toma de manera impune, es
el uso intercambiable de reencuadre y sobreencuadre. Aclarar los
términos no es tanto una cuestión semántica como de uniformidad y
claridad entre análisis. Siguiendo a Aumont y al sentido común, el
reencuadre es el movimiento de cámara destinado a recentrar la
escena, mientras que el sobreencuadre atiende a la aparición de
posibles marcos internos dentro de un encuadre nodriza.
La aparición de estos
marcos internos depende de un trabajo que ya no es competencia
exclusiva de la cámara, también lo es del atrezo y de la
iluminación. Unas veces son formaciones casuales, otras su
elaboración resulta burda y las más son simples recursos para
dirigir la mirada. No obstante, el sobreencuadre sistemático puede
traspasar la funcionalidad narrativa hasta alcanzar cierta
complejidad estética. Es el caso de los subconjuntos y encajaduras
de los que hablaba Deleuze en la imagen-movimiento, esos cuadros que
fraccionan un “sistema cerrado” pero que también “comulgan
entre sí y se reúnen”. Mucho antes, Béla Balázs ya advertía
que un encuadre perfecto no era suficiente y que, en última
instancia, la perfección dependía “de la posición de una imagen
en el interior de las otras”. Como en tantas ocasiones el cine
rapiña y digiere la historia de la pintura. Néstor Almendros nos lo
recuerda: “en el interior de una buena pintura se pueden recortar
una cantidad considerable de buenos cuadros”.
Práctica. Veamos en una
secuencia de Nosferatu (Nosferatu, ein symphonie des grauens, F.W.
Murnau, 1922). Hutter ha llegado al castillo del Conde Orlok. El
primero cena mientras el segundo ojea el contrato inmobiliario motivo
del encuentro.
El arranque de la
secuencia es una primera aportación al clima. Un plano general de
ambos sentados a la mesa. Una mesa descentrada hacia la izquierda que
deja gran cantidad de aire al lado contrario. Traducido en afectos:
la presencia de un personaje dentro de un espacio potencialmente
hostil. El espacio vacío domina sobre el resto del plano provocando
empuje lateral e inquietud. La tensión aumenta con la mirada
tenebrosa del vampiro y la aparición de un reloj esquelético
(juegos de caché e iris). Hutter entre despistado y asustado, se
taja un dedo rebanando el pan y el conflicto estalla. El conde Orlok
se acerca mostrando sus intenciones y Murnau aprovecha para enseñar
su rostro libidinoso. Hutter entra en pánico e intenta huir.
Instante en el que aparece la maravillosa capacidad de Murnau para
componer imágenes y transmitir emociones. Para decirle a Hutter que
la huida que pretende es imposible. Ese nuevo espacio (un plano
general más cercano y centrado que el de la apertura) permitirá el
despliegue de los sobreencuadres. Dividamos los existentes según su
naturaleza.
Horizontales: la mesa
(con su bodegón) en primer término y unos escalones en segundo,
crean líneas convergentes en el segmento izquierdo del marco.
Achatan y cierran el paso hacia delante y lo entorpecen hacia atrás.
La parte superior del respaldo de su silla forma ángulo con los
cuadros de la pared, los cuales potencian la mirada del vampiro. El
primer cuadro termina naciendo justo de los ojos del conde Orlok,
quedando todo dispuesto para que la cabeza –el cuello- de Hutter
sea el único destino posible.
Verticales: el despliegue
fálico es abrumador. En el segmento derecho del marco aparece parte
del respaldo de la silla de Orlok. A continuación la viga sobre la
que arranca un arco que engloba tácitamente la acción. De seguido
la enhiesta figura del conde y una sombra vertical de la arcada en
profundidad. Todos estos elementos de corte y escalonados dejan a
Hutter comprimido contra el respaldo de su silla. Una silla que en
cualquier planificación convencional sería considerada un estorbo.
El plano es estático,
los actores se mueven poco pero de manera significativa. El vampiro
hacia delante y la víctima hacia atrás. A Hutter le cabe la opción
del espacio aparentemente libre de nuestro lado izquierdo, pero
existen otros objetos de idéntica naturaleza vertical que niegan la
posibilidad ya apuntada por el respaldo de la silla. Una tímida
botella y otra viga de la que nace el lado opuesto del arco, se suman
en este lateral a los elementos horizontales citados (escalones y
mesa).
Por lo tanto el
movimiento está condicionado. Pero dentro de estas limitaciones
caben nuevos matices para aumentar la presión. A saber, el personaje
podía continuar en línea recta su limitado trayecto apareciendo
visible a nuestros ojos, sin embargo la lógica del momento le hace
tambalearse. En ese desajuste comprensible desaparece parcialmente de
nuestra vista engullido por la silla que, ejerciendo de aduana, lo
vomita de nuevo hacia Orlok. La silla no era un estorbo, la silla es
capital. La restricción ha concluido y los impedimentos vampíricos
han triunfado gracias a los cinematográficos.
La importancia de los
objetos y su disposición, adquiere una relevancia superior gracias
al uso de la luz. Sombras que enlazan el poder de la geometría y del
movimiento. El sobreencuadre funciona como inhibidor de la
lateralidad, del mismo modo y a los mismo niveles que las estructuras
físicas devienen alegóricas. Una prisión tan material y pictórica
como simbólica y cinematográfica.
Texto de Roberto Amaba http://www.kinodelirio.com/

























