29.11.08

La compañía del pianista en el cine mudo, por Jaime López


Atendiendo a la amable invitación de David_Holm me asomo a estas líneas con el fin de reflexionar en voz alta sobre lo que siente e intenta conseguir un pianista de cine mudo cuando acompaña en directo una película.

Lo primero que se me ocurre es preguntarme qué puedo aportar a unas opiniones tan bien fundadas y expresadas como las que habitualmente aparecen en estas páginas. Tal vez sólo el punto de vista de un artesano de la música. Sus dificultades y estímulos en el momento en que se apagan las luces y aparecen las primeras imágenes en una pantalla.


La parte técnica del acompañamiento no tiene demasiado interés ni entraña una especial dificultad.

Partimos de lo que a todos nos resulta evidente: no se puede acompañar del mismo modo a Murnau y a Keaton, una comedia de King Vidor que un drama de Feyder. Del mismo modo que no escuchamos igual la música de Bach que la de Falla , la de Chico Buarque o la de los Beatles.

Cada una tiene un mensaje, un modo y un ambiente distinto. Por lo tanto, lo primero y más importante que hemos de conseguir es caracterizar esa película y dotarla de personalidad propia.

La mayor o menor complejidad rítmica, melódica o armónica va a depender de lo que esas imágenes provoquen/despierten en el pianista espectador y será, en definitiva, lo que creará el ambiente característico.

Afortunadamente, casi cualquier música puede servir para acompañar unas imágenes. Convenientemente tratada, eso sí. Habitualmente las imágenes tienen tal poder de evocación que la música se adapta sin excesiva dificultad a ellas.

En cuanto a la acción, una de las técnicas que pueden aplicarse para conseguir el acercamiento del espectador es la sincronización de la música con determinados movimientos de los personajes. No olvidemos que el estímulo auditivo es mucho más irreflexivo que el visual. Normalmente, la imagen ha de ser interpretada y colocada en el entorno narrativo adecuado, mientras que el sonido (la música) es mucho más físico y, por ende, inmediato y directo.


En mi versión de la película Amanecer, de Murnau, utilizo este tema musical para acompañar la famosa secuencia en la que el marido atraviesa el páramo iluminado por la luna para encontrarse con su amante.








En el acompañamiento de la película, la música ha de intentar sincronizarse al máximo con la irregular cadencia de los pasos del protagonista. De este modo se produce un acercamiento mayor del espectador a la acción, puesto que no sólo ve la duda y el remordimiento del personaje, sino que también la oye, inducido por la música.

Sin duda alguna es un resto de deformación profesional, ya que toda mi vida laboral la he pasado acompañando clases de ballet, pero puedo asegurar que estas técnicas funcionan.


Pero ya he dicho antes que la parte más técnica del acompañamiento en el cine mudo no tiene demasiada dificultad para el que posea una cierta capacidad de improvisación y una mediana técnica musical.



Quizás lo más interesante sea poder describir el estado emocional en el que uno se sumerge cuando se encuentra a oscuras y formando parte de un medio artístico que no es la música, al que de alguna manera ya estás acostumbrado.



Quiero decir (y no sé si lo conseguiré) que, aunque sea de manera involuntaria, la oscuridad de la sala permite mimetizarte con la película y desaparecer.

Hay que ser consciente de que el espectador al dejar de escucharte y sólo oírte te incluye en auténticas obras de arte como puedan ser Amanecer, La aldea maldita, El Navegante o tantas otras. Se olvida de ti y considera que lo que estás creando es una misma cosa con lo que él está viendo. Una mentira piadosa, puesto que evidentemente provienen de dos hechos creativos distintos.

Eso es un privilegio.

Que nadie se engañe, no es falsa modestia sino la constatación de un hecho artístico. Yo ya tengo mi ego colmado. A mí me han dicho que han llorado viendo Amanecer, de Murnau, mientras yo la acompañaba.

No soy tan soberbio para pensar que ha sido por mi música, pero sí tengo claro que ésta no se lo ha impedido. Y eso para mí es suficiente.

Nadie debe pensar que los pianistas acompañantes somos una especie de sacerdotes místicos que entramos en trance y comulgamos con la idea del director y así podemos comunicarla al espectador.

Ni mucho menos. Es difícil de explicar.

Uno puede llevarlo perfectamente preparado y saber qué es lo que quiere hacer, pero, llegado el momento, lo verdaderamente importante es el cómo se hace.

Voy a ver si sé explicarme.

Me remito al documento de trabajo que os presento un poco más adelante.

Cualquiera de esos temas melódicos tiene ya prefijado un lugar en la película, pero cuando la acción llega a esa determinada escena, la música ha debido discurrir de forma paralela y llegar a ese punto de una manera lógica y natural. Ha de parecer que no podía ser de otra forma.

Es fundamental entender que todo está basado en la improvisación. Muchas veces estás oyendo al mismo tiempo que los espectadores la música que acompaña una secuencia. Nunca una película resulta igual la siguiente vez que la acompañas. ¿De qué depende? De cómo te encuentres creativamente en ese momento, de cómo hayas llegado a ese punto del discurso musical de la película, de lo que estás percibiendo del público asistente ...De lo inexplicable.

Se trata de una “improvisación preparada.” Uno ha visto las escenas con anterioridad y caracterizado personajes y situaciones con determinadas músicas. Eso está ahí, como hitos en el camino, pero para llegar de un punto a otro es la improvisación la que lo conduce. Eso le da la frescura, flexibilidad e inmediatez que una banda sonora grabada no puede aportar de la misma manera.

A veces te asombras de cómo has llegado; para bien o para mal.

Evidentemente hay un trabajo anterior de estudio y comprensión de la película sin el que no sería posible realizar esa improvisación. Aquí os presento uno de mis documentos de trabajo para que se entienda un poco mejor el proceso de “pre-improvisación”.

Se trata de la última película que he acompañado Amanecer, de F.W.Murnau.



Como veis, hay una descripción bastante personal de las secuencias de la película con el minutaje aproximado en el que van ocurriendo. Este es mi primer paso. La primera vez veo la película sin escuchar la banda sonora que trae para intentar que no me condicione. Después voy caracterizando musicalmente los personajes o situaciones y también las apunto.

Para aquellos que lean música, verán que son los temas musicales que luego se desarrollan en la edición final. Aquí comienza la realización definitiva de mi versión y construyo con mi secuenciador la banda sonora definitiva.

La intención de estos documentos de trabajo es fijar visualmente las melodías en el transcurso de la película para poder volver a repetirlas lo más fielmente posible.

En definitiva, la función de un pianista en una película muda es sencillamente acompañar, en el más estricto sentido de la palabra. “Hacer compañía” a las imágenes sin intentar ocupar su lugar en la atención del espectador.


Sólo eres un espectador más que traduce a música los estímulos visuales. Intentas expresar lo que a ti te provocan esas imágenes con las herramientas que tienes más a mano (nunca mejor dicho, je,je) La intención no es provocar reacciones en el espectador, eso sería muy arrogante, sino transmitir. Seguramente, la manera más honrada es expresar lo que a ti te ocurre. No es una música para sino música porque. Insisto sólo eres un espectador de esa película.

Ha de quedar claro que con la música no buscas protagonismo, sino pasar adecuadamente desapercibido. La importancia la tienen las imágenes.

La idea general es que, al final de la película, el espectador recuerde que durante toda la proyección ha habido un tipo acompañando en directo esas imágenes. Que las ha conducido mientras iban apareciendo.

No sabe que sus reacciones son percibidas de alguna manera por nosotros y nos estimulan e inspiran. Existe algo intangible que a veces ocurre y comunica al espectador con el que esté creando en directo.

Recuerdo perfectamente las enormes carcajadas de un chaval de unos 8 ó 9 años viendo El joven Sherlock en una proyección en Molinos (Teruel).



Era una sensación gozosa que me empujó durante toda la película. A mí y al resto del público de la sala; literalmente se despepitaba de risa. Y tengo muy claro que los niños no fingen estas cosas.

Quien haya disfrutado de una película en una sala con 200 niños, como ocurre con las proyecciones de “La Linterna Mágica” en Zaragoza, sabrá de lo que estoy hablando.

Es por eso que un acompañamiento en directo resulta tan distinto a cualquier otro tipo de proyección que pueda hacerse de una película muda y por lo que los pianistas de cine mudo, a pesar de parecer una "especie en vías de extinción", nos enganchamos a esta tarea tan gratificante sin poder dejarla a pesar de los inconvenientes y la falta de ocasiones que tenemos para poder realizar nuestro trabajo.

Por eso, si alguna vez ven por la calle a un tipo con pinta de músico con la mirada un poco perdida y que va tarareando melodías continuamente, no se preocupen demasiado.

Seguro que es uno de nosotros que todavía no ha encontrado la melodía de ese personaje que se le resiste.

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