15.12.12

Murnau el carcelero (por Roberto Amaba)



Una de las numerosas licencias que la jerga cinematográfica se toma de manera impune, es el uso intercambiable de reencuadre y sobreencuadre. Aclarar los términos no es tanto una cuestión semántica como de uniformidad y claridad entre análisis. Siguiendo a Aumont y al sentido común, el reencuadre es el movimiento de cámara destinado a recentrar la escena, mientras que el sobreencuadre atiende a la aparición de posibles marcos internos dentro de un encuadre nodriza.

La aparición de estos marcos internos depende de un trabajo que ya no es competencia exclusiva de la cámara, también lo es del atrezo y de la iluminación. Unas veces son formaciones casuales, otras su elaboración resulta burda y las más son simples recursos para dirigir la mirada. No obstante, el sobreencuadre sistemático puede traspasar la funcionalidad narrativa hasta alcanzar cierta complejidad estética. Es el caso de los subconjuntos y encajaduras de los que hablaba Deleuze en la imagen-movimiento, esos cuadros que fraccionan un “sistema cerrado” pero que también “comulgan entre sí y se reúnen”. Mucho antes, Béla Balázs ya advertía que un encuadre perfecto no era suficiente y que, en última instancia, la perfección dependía “de la posición de una imagen en el interior de las otras”. Como en tantas ocasiones el cine rapiña y digiere la historia de la pintura. Néstor Almendros nos lo recuerda: “en el interior de una buena pintura se pueden recortar una cantidad considerable de buenos cuadros”.

Práctica. Veamos en una secuencia de Nosferatu (Nosferatu, ein symphonie des grauens, F.W. Murnau, 1922). Hutter ha llegado al castillo del Conde Orlok. El primero cena mientras el segundo ojea el contrato inmobiliario motivo del encuentro.


El arranque de la secuencia es una primera aportación al clima. Un plano general de ambos sentados a la mesa. Una mesa descentrada hacia la izquierda que deja gran cantidad de aire al lado contrario. Traducido en afectos: la presencia de un personaje dentro de un espacio potencialmente hostil. El espacio vacío domina sobre el resto del plano provocando empuje lateral e inquietud. La tensión aumenta con la mirada tenebrosa del vampiro y la aparición de un reloj esquelético (juegos de caché e iris). Hutter entre despistado y asustado, se taja un dedo rebanando el pan y el conflicto estalla. El conde Orlok se acerca mostrando sus intenciones y Murnau aprovecha para enseñar su rostro libidinoso. Hutter entra en pánico e intenta huir. Instante en el que aparece la maravillosa capacidad de Murnau para componer imágenes y transmitir emociones. Para decirle a Hutter que la huida que pretende es imposible. Ese nuevo espacio (un plano general más cercano y centrado que el de la apertura) permitirá el despliegue de los sobreencuadres. Dividamos los existentes según su naturaleza.

Horizontales: la mesa (con su bodegón) en primer término y unos escalones en segundo, crean líneas convergentes en el segmento izquierdo del marco. Achatan y cierran el paso hacia delante y lo entorpecen hacia atrás. La parte superior del respaldo de su silla forma ángulo con los cuadros de la pared, los cuales potencian la mirada del vampiro. El primer cuadro termina naciendo justo de los ojos del conde Orlok, quedando todo dispuesto para que la cabeza –el cuello- de Hutter sea el único destino posible.

Verticales: el despliegue fálico es abrumador. En el segmento derecho del marco aparece parte del respaldo de la silla de Orlok. A continuación la viga sobre la que arranca un arco que engloba tácitamente la acción. De seguido la enhiesta figura del conde y una sombra vertical de la arcada en profundidad. Todos estos elementos de corte y escalonados dejan a Hutter comprimido contra el respaldo de su silla. Una silla que en cualquier planificación convencional sería considerada un estorbo.


El plano es estático, los actores se mueven poco pero de manera significativa. El vampiro hacia delante y la víctima hacia atrás. A Hutter le cabe la opción del espacio aparentemente libre de nuestro lado izquierdo, pero existen otros objetos de idéntica naturaleza vertical que niegan la posibilidad ya apuntada por el respaldo de la silla. Una tímida botella y otra viga de la que nace el lado opuesto del arco, se suman en este lateral a los elementos horizontales citados (escalones y mesa).

Por lo tanto el movimiento está condicionado. Pero dentro de estas limitaciones caben nuevos matices para aumentar la presión. A saber, el personaje podía continuar en línea recta su limitado trayecto apareciendo visible a nuestros ojos, sin embargo la lógica del momento le hace tambalearse. En ese desajuste comprensible desaparece parcialmente de nuestra vista engullido por la silla que, ejerciendo de aduana, lo vomita de nuevo hacia Orlok. La silla no era un estorbo, la silla es capital. La restricción ha concluido y los impedimentos vampíricos han triunfado gracias a los cinematográficos.

La importancia de los objetos y su disposición, adquiere una relevancia superior gracias al uso de la luz. Sombras que enlazan el poder de la geometría y del movimiento. El sobreencuadre funciona como inhibidor de la lateralidad, del mismo modo y a los mismo niveles que las estructuras físicas devienen alegóricas. Una prisión tan material y pictórica como simbólica y cinematográfica.

Texto de Roberto Amaba http://www.kinodelirio.com/

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